Calmaba mi coraje entre los llanos de tu cuerpo.
La ironíala ira
y la mentira.
Llenaba de mi vida tu vida
y compartía mi antojo con tus palabras
atrapadas.
Y así el día era sólo una noche
y por ello la noche era un lugar sin tiempo
sin límites
sin augurios.
Allí te hallabas dormida y soñando.
Las horas solían ser vastas
con los ojos y las manos llenas de costumbre.
La memoria llena de cada uno
alimentando de regocijo el alma
de sonrisas el rostro
de bonanzas los inciertos caminos.
Buscaba con mi paciencia tu mirada salvaje.
Tu timidez, tu extraño semblante mirándome
sin decirlo y abrazándome
por días y días
y semanas.
Calmaba mis deseos de querer
en tus besos.
Mis ansias de vivir
con cada noche de hacer el amor...
Y la religión
y los cielos oscuros
y la lluvia
en la nota que cubrías al declinar el firmamento.
Y los dioses
y la muerte
y la tristeza
en la sombra que hacías con tus manos sobre mis labios
y tu mirada a mis despojos.
Y la furia
y la calma
y nada más.