Ventisca

Ése sería yo
si la arena en la ventisca
no me hubiera consumido.
 
Aún ímprobo guerrero
de ajada misericordia…
sería yo en la terquedad
en la persistencia.
En la nocturna hoguera
y su consumada visión.

Traería yo una carreta llena
de salvia y enojos
hinojos y arrojos
frutos improbables. Resequedades.
Mordidas. Sabores etéreos.

Sería yo tomado de una brisa
en brazo.
Tomado de un abrazo
y de una blusa.

Tomado de lo que sería
aquel yo
si la arena en la ventisca
fuera la misma para todos.



Ven

El amor se esconde entre dos crestas de ola
que chocan entre sí.
Ven, sígueme a mirarlas:
cómo se lavan y se funden con violencia
y se reducen ambas a la paz.
 
El amor es la espuma residual
la quietud mansa
la ensoñación de lo que vendrá.
 
El amor está entre mares,
perdido.
Pequeños mares que crecen en océanos,
que ahogan y demandan tormentas
embravecidas, beligerantes.
 
Ven, sígueme a desnudarles
con el paso del viento...
“Soy solo agua” parecen decir,
y emanan virtud y gracia
en su vaivén.
 
Y allí muere el cuerpo
por la sal que le invade.
Y un náufrago se niega
a dejar de beber.
Nada y sonríe rebosante de fatalidad
entre predadoras mareas...
se deja arrastrar.
El amor se encuentra allí:
umbral entre muerte venidera
y venidero renacer.
 
Ven, sígueme en camino a morir...
después habrá calma.
Luego podremos desayunar.