Me recuerdas a las noches de mis ansias.
La cama rota, la noche húmeda. El abandono.
Las trabas de angustia.
Mismas ansias que devoran a un anciano
que mira impaciente y de frente a la muerte
y el holocausto de neuronas, mares de recuerdos
vueltos mares de vacío.
Me recuerdas a mí, fragmentos de mí.
Rescoldos del fuego mismo.
Me recuerdas a un rostro al cobijo de mi mano.
Mis manos, ambas,
marcadas de risa y vehementes nervios.
Premura y miedo;
residuos de pasión y cobardía.
Me recuerdas al candor de las flores en el jardín,
flores en solaz verano,
mordaz calor para mi intrínseco frío.
Intrínseco y prolífico de ansias
y escasos, muy escasos, encuentros.
Entre esas flores ocultabas el rostro
y te buscaba…
huías...
entretejiendo los ínfimos rumores que me gobiernan.
Y así, huyendo, levantabas el mismo polvo
que abrazaba yo a distinto tiempo,
quimera de tu cuerpo.
El estigma por nuestros tiempos.
No miento, sé que no podría.
Me recuerdas que la mentira me corre en la sonrisa
y fluye blanda en la mirada.
Me delata,
como delata la noche al pensamiento,
y el aura de sentidos.
La noche que siento. La noche tuya,
semblante de único albedrío.
Me recuerdas a la estela de mis ansias
dónde sabes a mí, y te bendigo.
Mismas ansias que anegan a un niño por vivir.
Las mismas con que hoy te necesito.
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